Agua potable bajo asedio: de recurso vital a objetivo estratégico en conflictos y clima

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Fotografía de archivo de una planta de tratamiento de agua potable. EFE EFE/J. J. Guillén

El agua potable, ese hilo invisible que sostiene ciudades enteras, está cambiando de papel en el tablero global. De ser una víctima silenciosa del cambio climático, comienza a perfilarse también como un objetivo estratégico en conflictos geopolíticos, encendiendo alertas sobre su vulnerabilidad.

En regiones como el Golfo Pérsico, donde la escasez hídrica es crítica, la dependencia de plantas desalinizadoras es extrema. Entre el 70 y el 90 por ciento del agua consumida proviene de la desalinización, según explicó José Fernando Pérez, doctor en Ingeniería Química y Ambiental y profesor de la Universidad Europea. En algunos países, este recurso representa más del 80 por ciento del suministro total.

Este contexto ha cobrado relevancia tras reportes de ataques a infraestructuras clave en el marco de la guerra en Irán, donde las plantas desalinizadoras se han convertido en blancos estratégicos. Más allá del impacto económico, estas acciones afectan directamente a la población civil y al funcionamiento industrial.

“No hay actividad que pueda subsistir 24 horas sin agua”, subrayó Pérez. A diferencia de los ataques a instalaciones petroleras, que golpean mercados y cadenas de suministro, los dirigidos contra infraestructuras hídricas impactan de forma inmediata en la vida cotidiana, paralizando ciudades enteras.

Las plantas desalinizadoras funcionan mediante ósmosis inversa, un proceso que elimina la sal del agua de mar al someterla a alta presión a través de membranas especializadas. Estas instalaciones pueden abastecer a decenas de miles de personas, pero presentan una limitación crítica: el almacenamiento de agua es reducido. Incluso en países como España, las reservas apenas cubren entre 24 y 48 horas.

Aunque en Europa la dependencia es mucho menor, con apenas un 3,5 por ciento del consumo proveniente de desalinización, existen regiones donde este recurso es indispensable. En Canarias, por ejemplo, representa entre el 80 y el 90 por ciento del suministro, mientras que en el Levante alcanza alrededor del 20 por ciento.

El trasfondo climático agrava el panorama. Sequías prolongadas alternadas con lluvias torrenciales están poniendo a prueba infraestructuras que, en muchos casos, no fueron diseñadas para enfrentar fenómenos extremos. Sofía Tirado, investigadora del Real Instituto Elcano, advierte que la modernización de sistemas de abastecimiento y la reducción de fugas son tareas urgentes.

“No se puede desperdiciar el agua, independientemente de que llueva más o menos”, enfatizó.

En el marco del Día Mundial del Agua, que se celebra el 22 de marzo bajo el lema “donde fluye el agua, crece la igualdad”, el mensaje cobra una nueva dimensión: el acceso al agua ya no solo es un desafío ambiental y social, sino también una cuestión de seguridad global.

El agua, esencial y aparentemente inagotable en su ciclo natural, revela así su fragilidad en manos humanas. Y en este nuevo escenario, protegerla implica mucho más que gestionarla: significa resguardar la estabilidad de sociedades enteras.