La imagen de Nayib Bukele como el “dictador más cool del mundo” —una etiqueta que él mismo promovió— parece haber llegado a su fin. Este jueves, el régimen salvadoreño aprobó una controvertida reforma constitucional que consolida su modelo autoritario: se recorta su actual mandato al 2027, se extiende el próximo período presidencial a seis años y, sobre todo, se elimina el límite a la reelección, abriendo la puerta a una reelección indefinida.
Con esto, Bukele pasa a engrosar la lista de líderes latinoamericanos que concentran todo el poder, como en Cuba, Venezuela y Nicaragua. Aunque con diferencias ideológicas y estilísticas, el común denominador es el mismo: el control absoluto del Ejecutivo, el debilitamiento del sistema democrático y la erosión de los contrapesos institucionales.
Un camino anunciado
Desde 2023, advertí públicamente —en redes y medios— que la deriva autoritaria de Bukele era evidente, más allá de su innegable popularidad. El mandatario ha capitalizado el deseo de seguridad de la población salvadoreña con un enfoque de mano dura contra las maras y el crimen organizado, pero lo ha hecho a costa de derechos humanos, legalidad y el Estado de derecho.
“El Salvador ha transitado de ser una democracia de bajo rendimiento a un régimen autoritario”, señalé en enero de 2024. Hoy, esa afirmación cobra mayor fuerza.
¿Por qué importa esta reforma?
La nueva legislación elimina la segunda vuelta electoral, extiende el periodo presidencial de cinco a seis años, y permite que Bukele se reelija cuantas veces desee, con lo cual rompe abiertamente con la jurisprudencia internacional en materia de democracia.
La Corte Interamericana de Derechos Humanos, en su Opinión Consultiva 28/21, estableció que la reelección indefinida no es un derecho humano, y puede ser restringida sin violar la Convención Americana. Más aún, consideró que esta figura debilita los pilares de la democracia representativa.
Un modelo peligroso y contagioso
Bukele representa un nuevo tipo de autoritarismo: juvenil, techie, mediáticamente eficaz, y por ello, altamente seductor para otros líderes en América Latina. El fenómeno de la “bukelización” amenaza con convertirse en un modelo replicable: ofrece resultados visibles a corto plazo, mientras erosiona paulatinamente los valores democráticos bajo el respaldo de la popularidad.
Y mientras su discurso se distancia ideológicamente de regímenes como los de Cuba o Venezuela, su alianza estratégica con el trumpismo le ha otorgado un blindaje internacional, sobre todo en Washington, donde es visto como un “socio útil” en la contención migratoria.
Conclusión
Con esta última reforma, Bukele ya no es un “dictador cool”, sino un autoritario más en la historia reciente de América Latina. Un líder que, con estilo moderno, redes sociales y retórica eficaz, ha logrado lo que otros hicieron con tanques y censura: desmantelar la democracia desde dentro.
Y si bien la región lo observa con atención —y hasta con admiración en algunos sectores—, la historia latinoamericana demuestra que el poder sin límites, tarde o temprano, termina por devorar la libertad.
